
RĂo de Janeiro, 15 de diciembre de 2010
Estimado lector:
Como gesto de agradecimiento por el apoyo recibido a lo largo de 2010, y siendo fiel a la tradición de los años anteriores, quiero enviarte un cuento de Navidad que escribà para los periódicos de todo el mundo con los que colaboro.
Que el universo conspire para que se cumplan tus deseos en 2011.
El pino de St. Martin
Un dĂa antes de Navidad, el cura del pequeño pueblo de St. Martin, en los Pirineos franceses, se preparaba para celebrar la misa, cuando empezĂł a sentir en el aire un perfume delicioso. Era invierno, y hacĂa mucho que las flores habĂan desaparecido, pero allĂ estaba ese aroma tan agradable, como si la primavera se estuviese adelantando.
Intrigado, saliĂł de la iglesia para buscar el origen de semejante maravilla, y acabĂł encontrando a un muchacho sentado frente a la puerta de la escuela. Junto a Ă©l, habĂa una especie de ĂĄrbol de Navidad completamente dorado.
- Pero, ¡quĂ© belleza de ĂĄrbol! - dijo el pĂĄrroco -. ¡Con ese aroma divino que desprende, parece que ha tocado el mismĂsimo cielo! ¡Y estĂĄ hecho de oro puro! ¿DĂłnde lo conseguiste?
El joven no reaccionĂł con especial alegrĂa a los comentarios del religioso.
- Es cierto que este ĂĄrbol, como usted lo llama, cada vez ha ido pesando mĂĄs mientras lo cargaba hasta aquĂ caminando, y que las hojas se han puesto duras. Pero eso no puede ser oro, y me da miedo pensar en lo que dirĂĄn mis padres cuando vean lo que les traigo.
El muchacho relatĂł entonces su historia:
- Hoy por la mañana salĂ hacia la ciudad de Tarbes para comprar un ĂĄrbol de Navidad con el dinero que mi madre me habĂa dado. Pero ocurriĂł que, al cruzar un poblado, vi a una señora mayor, sola, sin familia con quien celebrar la gran fiesta de la Cristiandad, y le di un poco de dinero para la cena, confiado en que luego sabrĂa arrancarle un descuento al vendedor de la floristerĂa.
"Al llegar a Tarbes, pasĂ© frente a la gran prisiĂłn, y habĂa allĂ algunas personas esperando la hora de la visita. Estaban todos tristes, pues iban a pasar esa noche lejos de sus seres queridos. EscuchĂ© que algunas de estas personas comentaban que ni siquiera habĂan conseguido comprar un pedazo de tarta. En ese mismo momento, impulsado por ese romanticismo que tienen los de mi edad, decidĂ compartir mi dinero con esas personas que lo necesitaban mĂĄs que yo. Apenas guardarĂa una mĂnima cantidad para el almuerzo. Como el florista es amigo de mi familia, seguro que me darĂa el ĂĄrbol, a cambio de que yo trabajase para Ă©l durante la semana siguiente, pagando asĂ mi deuda.
"Sin embargo, cuando lleguĂ© al mercado me enterĂ© de que el florista que conocĂa no habĂa ido a trabajar. IntentĂ© por todos los medios que alguien me prestase dinero para comprar el ĂĄrbol en otro lugar, pero fue imposible.
"Me dije a mĂ mismo que conseguirĂa pensar mejor con el estĂłmago lleno, asĂ que me dirigĂ a una fonda, pero se me cruzĂł un niño que parecĂa extranjero y me preguntĂł si podĂa darle alguna moneda, pues llevaba dos dĂas sin comer. Imaginando que el niño JesĂșs alguna vez tambiĂ©n debiĂł pasar hambre, le entreguĂ© a este otro lo poco que me quedaba, y me volvĂ para casa. En el camino de regreso, le rompĂ una rama a un pino, y luego intentĂ© retocarla, como podĂĄndola, pero fue poniĂ©ndose asĂ de dura, que parece de metal, y no se parece ni de lejos al ĂĄrbol de Navidad que mi madre estĂĄ esperando.
- Pequeño amigo - dijo el cura -, el perfume de este årbol tuyo no deja lugar a dudas: ha sido tocado por los Cielos. Déjame contarte lo que falta de tu historia:
"En cuanto te alejaste de aquella señora, ella inmediatamente pidiĂł a la Virgen MarĂa, madre como ella, que te devolviese de alguna manera el favor recibido. Los familiares de los presos pensaron que se habĂan encontrado con un ĂĄngel, y rezaron agradeciĂ©ndoles a los ĂĄngeles las tartas que consiguieron comprar. Y el niño con el que te cruzaste, por su parte, le dio las gracias a JesĂșs por haber saciado su hambre.
"La Virgen, los ĂĄngeles, y el propio JesĂșs escucharon las peticiones de toda la gente a la que ayudaste. Cuando rompiste la rama del pino, la Virgen puso en ella el perfume de la misericordia. Mientras caminabas, los ĂĄngeles iban tocando sus hojas, transformĂĄndolas en oro. Por Ășltimo, con todo ya concluido, JesĂșs examinĂł el trabajo, lo bendijo, y a partir de ahora, a quien toque este ĂĄrbol de Navidad se le perdonarĂĄn los pecados y se le cumplirĂĄn los deseos.
Y asĂ ocurriĂł. Cuenta la leyenda que el pino sagrado aĂșn se encuentra en St. Martin; pero su poder es tal que su bendiciĂłn alcanza a todos los que ayudan al prĂłjimo en la vĂspera de la Navidad, por muy lejos que se encuentren de este pequeño pueblo de los Pirineos.
(inspirado en una historia jasĂdica)